Se ha despertado un ocho de diciembre por eso de la madrugada tirado en una de las escaleras que se dirigen a la estación de metro. Lentamente se está incorporando sin saber qué le ha pasado y qué hora es exactamente. No abre sus ojos porque siente que cualquier movimiento que fuese a ejecutar le va a reventar la cabeza. Aquel dolor persistente y agudo lo ha sentido otras veces. La resaca es dolorosa. La conoce bien y debiese estar acostumbrado a sentir aquel palpitar tedioso que se confunde con una bomba de tiempo a punto de explotar, pero siempre es una primera vez. Tiene tanto frío que apenas siente la sensibilidad en sus manos, pero aún así comienza a dar palmadas desesperadas a los bolsillos de su abrigo y de sus pantalones. No me han robado nada, se dice para sí mismo. Tiene el celular, las llaves, la billetera, un encendedor y un cigarro molido que tiene todo confundido en tabaco. Poco a poco y lentamente comienza a despegar sus ojos con suma dificultad. Al principio todo da vueltas y empieza despacio a situarse en la realidad del exterior que lo está rodeando.
