20/7/16

Metro

Se  ha despertado un ocho de diciembre por eso de la madrugada tirado en una de las escaleras que se dirigen a la estación de metro. Lentamente se está incorporando sin saber qué le ha pasado y qué hora es exactamente. No abre sus ojos porque siente que cualquier movimiento que fuese a ejecutar le va a reventar la cabeza. Aquel dolor persistente y agudo lo ha sentido otras veces. La resaca es dolorosa. La conoce bien y debiese estar acostumbrado a sentir aquel palpitar tedioso que se confunde con una bomba de tiempo a punto de explotar, pero siempre es una primera vez. Tiene tanto frío que apenas siente la sensibilidad en sus manos, pero aún así comienza a dar palmadas desesperadas a los bolsillos de su abrigo y de sus pantalones. No me han robado nada, se dice para sí mismo. Tiene el celular, las llaves, la billetera, un encendedor y un cigarro molido que tiene todo confundido en tabaco. Poco a poco y lentamente comienza a despegar sus ojos con suma dificultad. Al principio todo da vueltas y empieza despacio a situarse en la realidad del exterior que lo está rodeando.

Para ser de madrugada suben y bajan varias personas por las escaleras sin prestarle mucha atención. Es invisible aunque ocupa un espacio de la escalera. Es invisible aún cuando no está completamente lúcido y puede ser blanco de amenazas como de algún sujeto desesperado por algo de valor que pueda intercambiar fácilmente para saciar sus vicios. Esos vicios que conoce el día pero la noche les permite un mejor tráfico. Quizá es la apariencia, pero si fuese por eso ya le hubiesen ayudado. O tal vez la apariencia no importaba tanto cuando a su lado había una botella de whisky en una bolsa de papel rota. Despacio se fue reincorporando hasta poder sentirse mejor. Se sentó en las escaleras y casi abrazó sus piernas. Sabía que lucía deplorable y a pesar de tener mal aspecto, no había mirada alguna de compasión para el rostro joven de un recién licenciado. Se quedó un momento intentando recordar qué había pasado y cuánto tiempo estuvo ahí tirado en las escaleras sin que nadie le prestase la mínima atención, o más bien ayuda. Las articulaciones de sus manos estaban tensas y la carne congelada. Escuchaba el ir y venir de los pasos de las personas que caminaban por su lado. Los segundos que pasaban lo hacían sentir miserable en aquella escena solitaria y patética. Le dolía el rostro y el solo hecho de arrugar levemente el ceño, le producía un dolor insoportable en el tabique nasal. No sabía cómo había terminado ahí. El dolor que le producía mover los músculos de la cara era el menor de los problemas. En ese minuto, la sola idea de estar ahí rodeado de desconocidos que estaban siendo indiferentes y no les importaba su existir ya lo hacía sentir extraño, como si dentro de aquel mareo y poca lucidez que le quedaba pudiese ir corriendo, tirarse a las vías del metro sin que nadie lo detuviese o dijese algo. Podía subir y amarrar a uno de los fierros de la escalera la punta de su corbata para luego tirar su cuerpo al otro extremo, ahorcarse como cualquier suicida que busca un grado de atención. Esa atención que le dé un brillo de esperanza antes de morir. Un brillo que no serviría para detener el acto pero le daría algo de sentido a aquella decisión desinhibida. Una decisión que más tarde sería objeto de un aplauso silencioso o una de las tantas noticias traumáticas que no le generan impacto a nadie pero que da para hablar por el morbo. Se levantó y bajó por las escaleras. Se acercó a aquel grueso pasillo  hasta donde pudiese sentir la brisa cálida y el chirrido irritante del metro detenerse a su lado. Aún había gente esperando poder acceder a algún vagón y retirarse, seguir su camino y desaparecer. Había gente que uno no sabía cómo ni por qué de alguna forma se quedaban plasmada en la mente de uno, como si de una visión fantasma se tratara. Se puso de cuclillas en el suelo y se quedó tras aquella cinta amarilla de seguridad que le recordaba a todo individuo que podía ser peligroso intentar dar un paso más allá. Aún en su mente intentaba recordar qué había pasado y cómo había terminado en aquellas condiciones. Sentía un ahogo en el sector de la nariz y todavía le resultaba imposible gesticular sin que algo en su rostro no incomodara. Algunos subían, otros bajaban. Comenzaba a verse más flujo de gente, probablemente quienes deseaban llegar temprano a sus trabajos. Y ahí yacía él con la boca seca y el dolor de cabeza un poco más soportable. Aún en cuclillas buscaba entre aquellas lagunas mentales qué había sucedido hace unas horas. Por más que se esforzara no lograba recordar nada. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó su celular. No tenía ni un poco de batería. Probablemente el aparato tampoco tuviese llamada alguna ni mensajes de texto. No servía de nada. Lo volvió a meter a su bolsillo y suspiró. Pensó en un par de personas, un poco en su familia y algo en un par de exs que tuvo. Absorto en aquella escena de sí mismo imaginando, o en realidad recordando viejas vivencias y agentes temporales de su vida, sabía y tenía más que claro que eran solo eso. Ese pensar que duraba segundos, no era más que una especie de mensaje mental con fecha de vencimiento. No se iba a suicidar. Algunas personas pasaban y lo miraban con una frialdad impropia de la humanidad. En un momento pasó alguien joven, pareciera que de su misma edad. Si no hubiese sido porque aún seguía un poco mareado y no completamente lúcido, hubiese apostado que fue uno de sus viejos compañeros de universidad. El sujeto pasó y le susurró: no la pensís tanto y tírate nomás, para luego perderse en uno de los vagones. Uno menos que le haría competencia. El cabrón tenía cero interés en él.  Pero, después de todo, era cierto. Estar ahí solo lo hacía consciente de que no era importante para el resto, para nadie ahí, que no tenía valor alguno para esa cantidad de individuos presentes en el lugar. Aunque aún así, no tenía en mente acabar con su vida. Simplemente era una noche de borrachera donde alguien como él, siempre en vista de lo mejor para sí mismo, recién licenciado, recién viviendo, recién intentando ser el ejemplo, había tenido un desliz por primera vez que lo había dejado para la historia de su vida en una escena mediocre frente a un montón de desconocidos. Y al final no tenía qué lamentar, pues no importaba. Porque de importar, al menos alguien lo hubiese ayudado o al menos intentado detener una posible tragedia, si se hubiese dado el caso. Cerró un momento los ojos y escuchó el golpe de unos pasos cojos a su lado, que se detuvo. Cuando los abrió, vio a su lado a una chica de cuclillas junto a él. Si vas a suicidarte, elegiste mal la hora porque nadie te va a ver, le dijo la chica con un tono rasposo en la voz. Estaba fumándose un cigarro y tenía el rímel de sus ojos, tanto como el labial, corridos en el rostro. Era de cabello largo con un rubio mal teñido, del cual sobresalía una raíz de color negro. A pesar de estar en cuclillas, parecía que no le importaba mucho estar con una falda corta y unas botas con uno de sus tacos rotos. Así que mal hora, le respondió. ¿Hubiese sido mejor esperar que todos los vagones se llenasen de gente para poder arruinarles el viaje a sus respectivos destinos? La joven levantó una de sus cejas que lucía mal pintada y le dio una calada a su cigarro.  No vas a suicidarte, le contestó con un tono serio al dejar salir el humo por su boca. Él le sonrió seguido de un asentimiento de cabeza. La chica miró hacia los lados observando como las personas empezaban a amontonarse un poco más. Tu respuesta fue muy elaborada como para estar pasándola tan mal, agregó. Quizá sea un suicida muy culto, respondió omitiendo la idea de que hablaba con alguien que no conocía. La joven guardó silencio. Ambos guardaron silencio. No se dijeron nada por un largo rato. Yacían los dos de cuclillas y ante la escena, cualquiera juraría que aquellos dos se conocían de toda la vida. Él todavía miraba el ir y venir del metro, con los vagones y sus personas. Ella continuaba consumiendo con el fuego el cigarrillo. Sus manos estaban marcadas por recientes rasguños y tenía uno que otro hematoma en los nudillos. ¿Qué te pasó?, le preguntó ella después de un largo rato sin decir nada. ¿Por qué lo preguntas? Había sorpresa en el tono de voz de él. Pues, porque tienes la nariz llena de sangre, le respondió con una leve risa. Él se llevó la mano hacia la nariz y frotó con fuerza. Tenía rastros de sangre seca y aquel movimiento brusco le había causado ardor. ¿Me golpeé? ¿Me golpearon? ¿Me caí por las escaleras? ¿Estuve en una pelea? Le surgieron de pronto cuestionamientos e incógnitas que las lagunas no respondían. Se quedó perplejo mirando su mano. Oye, ¿estás bien? Escuchó a su lado pero seguía sin entender qué había ocurrido. Y a juzgar por la cara que tenía, ella podía dar por hecho, sin respuestas, que algo definitivamente no estaba bien. La joven dejó caer la colilla de su cigarrillo acabado para indagar en su cartera. Era pequeña y del mismo color de su falda. Sacó un pañuelo de seda y se lo ofreció. Él miró el pañuelo de seda un momento y vio unos pequeños bordados en las esquinas. Tenía un color obispo y no era muy grande. Pensó que era realmente una pena manchar aquel trozo de seda con su sangre. Negó con la cabeza y la miró a los ojos. Estaban hinchados y daba la impresión de que estuvo mucho tiempo llorando. El rímel corrido le dejaba una especie de laguna negra bajo los ojos y el labial rojo de su boca estaba corrido con tal agresividad que era evidente el roce de una mano. Le miró por un momento los labios y notó un leve tono violáceo al lado derecho, junto con una hinchazón que hacía sobresalir el labio agrietado. Él volvió a negar y rechazó el pañuelo. Pensó que no era el único en un estado tan deplorable y corrompido por una escena de violencia que, le parecía una tontería acabar con aquella sincronía. Ambos, en aquella estación de metro, siendo unos desconocidos habían pasado por algo similar. Él no recordaba qué había sucedido, pero ella probablemente sí. No sabía qué era peor, recordarlo todo o no recordar nada. Quizá a veces la amnesia o la laguna que te deja la borrachera es mejor que mantener aquellos recuerdos tan vivos y presentes. Él sabía que tenía la opción de decidir saberlo todo o decidir no saber nada. En cambio, ella no. Podría haberla golpeado el pololo, la mamá, un amigo, un hermano o simplemente un desconocido. Le pudieron haber robado. Tal vez era una de las consecuencias de ser prostituta en una esquina de algún barrio de Santiago. O se había despertado en las escaleras de una estación de metro y nadie la había ayudado. Sea lo que sea que le haya pasado, definitivamente no había sido bueno. Y la mala noticia era que ella no podía decidir si saber o mejor no saber nunca de nada. Y en caso de que hubiese estado involucrada otra persona, la decepción que le causaba saberlo no se la quitaba nadie. Lo que le pasó ya era parte consciente de su historia. Verla así era como ver a alguien luchando silenciosamente contra un pensamiento desgarrador. ¿Y él? Se sentía miserable por verse ignorado ante tanta gente y solo, en un espacio tan individualista e indiferente. En cambio, a su lado... se encontraba alguien que aún comprendiendo todo tenía clara la película. No quiso saber qué le pasaba. No quiso preguntar. No se atrevió. No por cobardía, sino por respeto. No por indiferencia, sino porque nadie quiere volver a recordar lo mismo una y otra vez. No por desinterés, porque esa desconocida que le tendía un pañuelo de seda y se había acercado a formularle una broma agridulce había notado su vaga presencia ahí. A diferencia de todos, ella no le había ignorado. Se levantó y seguidamente de él, ella también lo hizo. Se veía unos centímetros más baja que él. Los tacos —o lo que quedaban de ellos— la ayudaban a verse más alta. Ella se cruzó de brazos y la brisa del movimiento brusco del metro le movió el cabello. La gente podría jurar que hemos peleado, le comentó él. La gente puede dar por seguro muchas cosas. Es una tendencia que no se pierde, dijo ella. Él solo pudo sonreír y no pudo evitar que esa sonrisa tuviese un poco de angustia mezclada. No se habían hablado casi nada, no sabían quiénes eran. Fue una conversación basada de miradas y de entendimientos silenciosos. A pesar de no saber nada del otro, se sentía familiar aquella presencia. Lo que los había unido había sido la violencia de una vivencia y el sobrevivir ante esa adversidad. Pareciera que la poca distancia que había entre ellos dos los encerrase en una burbuja donde nadie más tenía acceso. Solo cambiaba la gente de su alrededor. Iban, salían, entraban y desaparecían. Era una especie de alegoría a la vida. El flujo de gente cada vez era mayor con el pasar de los minutos. Estar cerca de las vías del metro y del mismo metro en sí,  en algún momento resultaría una molestia para quienes necesitaban subirse a un vagón. De pronto, él buscó su mirada y ella solo se encogió de hombros. Ambos se entendían sin decir mucho. La próxima vez que vengas a tentarte a la estación de metro después de una hemorragia nasal, no vengas con traje. Aquello lo hace, ya sabes, un poco más tétrico. Él asintió sin mucho humor a pesar de haber entendido la broma. Apretó los labios y miró hacia su alrededor. Creo que hay cosas que ni yo mismo puedo evitar, sentenció. Ella le miró fijamente a los ojos un momento y él le devolvió la mirada. Sintió que debía decirle algo más. Agregar un último comentario. Tal vez decirle que era guapa. Quizá invitarla a un café. Preguntarle al menos el nombre. Ella pensaba lo mismo, pero él nunca lo supo. El metro se detuvo y ella se adentró casi de inmediato a uno de los vagones. La miró por última vez antes de que se anunciara el cierre de puertas. Ya no habían más cuestionamientos. Dichoso era por aquella laguna en su mente que no le permitía recordar lo que había pasado. En ese momento quizá solo se sentía afortunado por poder atesorar un recuerdo como ese. Ambos habían desaprovechado la oportunidad, pero había algo más, el metro recordaría la lúcida imagen de dos personas que no se habían dejado pasar. El metro se empezó a mover, ambos se siguieron con los ojos y al perderse, un hombre al otro extremo cruzó corriendo la cinta amarilla del suelo.