Estoy perdiendo contigo cada segundo, minuto, hora, mes y año que pasa. Es una tontería mía creer que puedo perderte cuando estoy ignorando si todavía te tengo, o alguna vez te tuve. Quiero creer que cuando estoy en la cama mirando a la nada, el tiempo no avanza, pero es tan narcisista creer que la Tierra deja de girar por nosotros dos. Sí, por nosotros, decir por mí te excluía y siempre evité herirte. Mejor herirnos, así no te sientes tan solo. Se pueden pasar días sin tener nada que decir y aún así querer decir mucho. Las frases rebuscadas no sirven. A veces lo más trivial y simple expresa todo lo que uno necesita comunicar. Aunque debo admitirte que aún no entiendo qué es una buena comunicación, porque mientras más lo intento, peor es el resultado. He oído que el silencio es una buena forma de decir mucho, pero en ocasiones da el mensaje equivocado. Creo que ambos hemos perdido la cuenta de cuántos otros se han marchado por no habernos dignado ambos a comunicar algo en el tiempo que ellos esperaron. Tal vez nosotros no creíamos que esperaban. Quizá fue porque en realidad pensábamos que al no decir nada, sabían lo que comunicábamos y no era precisamente desinterés o indiferencia. ¿Resultaría entre nosotros la comunicación si me quedo callada y te digo –sin decirte– muy bajito –pero en silencio– que te quiero? Y si es así, ¿cuánto te demorarías en comunicarme tú que en realidad no me esperabas? Y si en realidad comunicar no fuese un silencio... ¿cuántos días, semanas, meses o años tardaría en llegar aquella nota invisible, mensaje sin letras, mirada vacía, encuentro casual o acto exclusivo que me hubiesen dicho, así tal cual, silenciosamente de tu parte que no había realmente nada más que decir? “Nada, realmente nada, pero sucede que nada más nada no da nada sino que a veces da un poquito de algo”, te hubiese respondido Cortázar y no nos hubiésemos ido tanto al carajo.
