11/8/16

Cíclico

Era cosa de quedarse un rato viéndole a lo lejos para darse cuenta de que trataba de recordar algo. En sus ojos se veía un leve resplandor de un buen momento que ya no poseía y se había quedado impregnado en uno de sus recuerdos. La vida no la había tratado mal, pero había sido dura con ella. Era frustrante darse cuenta de que para poder recordar toda una vida, se necesitaban más años de los que ya poseía. El tiempo se escurría y solo quedaba vivir, porque recordar tomaría demasiado tiempo. A su edad sabía que más que conocidos y amistades, a quienes más recordaba era a sus amores. Algunos fueron más ingratos que otros. Algunos la amaron más, otros la respetaron menos. Su historia entera y sus historias del corazón solo las conocía ella. Todo el mundo tenía una historia del que solo el universo había sido testigo y podría callar como había hecho todos estos años, guardando vivencias ajenas de seres finitos y destructibles que éramos nosotros y era ella. Podían quedarle segundos, minutos o quizá un par de horas, pero sus decisiones ya habían sido tomadas. Su vida ya tenía el rumbo que ella quiso darle. Arrepentirse no servía de nada, si es que lo hacía. Solo le quedaba esperar la llegada graciosa de la muerte, del agujero, del abismo, de la despedida eterna y de la memoria perdida. Le daría de comer sus recuerdos, vivencias, secretos y carne misma a un montón de pequeños e insignificantes gusanos, tal cual éramos nosotros los humanos.