Este año he escrito muy poco en el blog y cada día que pasa he tenido presente la idea de poder dedicarle una entrada nueva. Resulta que el tema de ésta no tiene absolutamente nada nuevo, no hablaré de alguna anécdota o de algo lindo que ha ocurrido estos meses porque todo lo agradable que me ha sucedido prefiero dejarlo atesorado en una parte de mi mente y de mi corazón. Creo que las generaciones modernas ya no podemos vivir instancias de felicidad sin tener que compartirlas abiertamente en nuestras redes sociales. Es casi como si aquella emoción tuviese que ser validada y apreciada virtualmente para poder existir realmente, aunque en mi caso las cosas han ido paulatinamente cambiando.
Han pasado los días desde el temporal que afectó a Atacama principalmente y que me afectó a mí de una forma más particular. Viví una situación similar el año 2015, pero no puedo mentir; esta vez fue distinto. La primera vez todo se sintió extremadamente lejano, aunque las distancias en esta ocasión fueron las mismas. En ese entonces estaba replanteándome un montón de cosas, especialmente por sucesos que me habían marcado en gran parte y que me tenían absorta en pensamientos que no podía compartir con muchas personas. El comienzo de una nueva vida en la universidad y algunas frustraciones no me dejaban dimensionar lo que realmente estaba pasando, y bueno, el daño que nos había generado el aluvión de ese año era completamente distinto. O al menos eso veía yo.
Todavía no logro asimilar los tiempos. Solo recuerdo que todo ocurrió y que de pronto me vi agarrando todo lo que podía para que el impacto del agua no lo alcanzara. Se sentía como volver a vivir lo que viví antes pero de un modo más directo, porque ahora no me veía tapando solamente las aberturas de las puertas, sino que esta vez me veía intentando ayudar a mi papá a detener casi de forma inútil la filtración de agua sucia y de barro que parecía un manantial en cada esquina de la casa. No recuerdo ni tampoco quiero recordar cómo se sentía la frustración y la desesperación de ese momento. Todo es material, pensaba. Nada podía afectarme tanto como el llanto ausente y apagado de mi mamá mientras corría de un lado a otro, levantando cosas o simplemente corriendo muebles. Nada más tenía suficiente impacto sobre mí hasta que noté que no estaban las tres colitas pequeñitas que se agitaban frenéticamente por ningún lugar. Creo que la sola idea de la pérdida de vida o de la ausencia eterna de algo que yacía siempre contigo hace que toda la estabilidad que creías tener o, más bien, contener ya no exista. La incertidumbre, la espera y el desconocimiento comienzan a estar muy juntos, nunca separados. Todo se vuelve un ovillo de irracionalidad, un manojo de emociones atravesadas, algo así como una bomba que no sabes cuándo va a explotar pero sabes que eventualmente lo hará.
No pude evitar sentirme sola en ese instante. La cantidad de pensamientos que puedes tener por minuto en una situación de pánico o desesperación son millones. No sabes cuándo acabará, cómo acabará y qué pasará después. El mundo se detiene un momento, pero estás consciente de que solo para ti. No tener un grupo muy amplio de personas con las cuales contar, pesa en momentos así. El ser humano en su estabilidad no aprecia la permanencia de personas que le rodean, hasta que necesita una contención. En mi caso, hubo dos personas que estuvieron conteniéndome sin descanso desde que todo ocurrió y otro grupo pequeño que hasta el día de hoy han estado pendiente de mi proceso de recuperación, de avance y de cambio. Estoy feliz de poder contar con personas particulares con intenciones genuinas e incondicionales, bien transparente y sin excusas. Me hace feliz. Me gusta pensar que cada día ha sido un día para sentirse un poquito más feliz, aunque a ratos el panorama se haya nublado. Y es verdad, los verdaderos amigos se ven en estas instancias. Los verdaderos amigos son aquellos incondicionales que te aman incluso en los peores momentos. Son los que sin pedir nada a cambio, sin importar sus condiciones, dimensionan cómo estás tú y van como sea a ver el estado en el que te encuentras. No te olvidan, no solo te ofrecen ayuda material, sino que te contienen en todo su esplendor. Están ahí para ti cada segundo, minuto, hora o día y creo que es importante tenerlo siempre presente. Nadie sabe cuándo alguien cercano puede vivir exactamente lo mismo. De alguna forma estas instancias te generan un nuevo grado de empatía que a veces es muy necesario tener para entender de mejor forma lo que alguien puede estar pasando y así brindarle un apoyo.
La primera semana fue una semana de adaptación a mi nuevo y temporal ambiente. Claramente todo había cambiado y sabía que en primera instancia todo iba a ser realmente difícil, pero las cosas siempre pueden mejorar cuando las personas que te aprecian vienen a ayudarte a despejar todo. Con trabajo se logró sacar agua y barro. El panorama cambió a diferencia de como estaba en un principio. Los primeros dos días mi casa estaba irreconocible y las baldosas no se lograban ver, luego todo comenzó a cambiar y a mejorar de forma considerable. Ver a mi familia, ver a mi mejor amiga y a mi pololo, todos haciendo un trabajo en conjunto me llenó el corazoncito. Los mensajes de preocupación de quienes estaban en otras ciudades, los que nos ayudaron a alimentar a mis perritos y los que nos trajeron comida en los días de trabajo de esa semana. Todos ellos nos hicieron estar de mejor forma y decir gracias se queda corto para poder manifestar lo bien que nos hicieron sentir. Todas esas personas se merecen un pedacito del corazón porque valen realmente la pena y te lo demuestran. Eso es lo que realmente importa.
Ya se va a cumplir un mes y no he vuelto a casa aún, pero las cosas han ido mejorando de forma considerable y eso igual es bueno. Obviamente uno siempre decae y no sabe muy bien cómo manejarlo, pero en el hoy, sé que con el apoyo de quienes se han mantenido cerca, todo es posible. El lunes vuelvo a clases y sé que el panorama está difícil todavía. Más que antes, puedo entender. Lo que importa ahora es ser fuerte, como siempre, ante la adversidad y no dejar que nada te impida avanzar nunca. He vivido mil cosas y nunca me he rendido, no sirve rendirse ahora.
Enfréntalo, esa es la actitud.
