Quizás esté fuera de tiempo pero nunca he sido de las personas que se quedan con algo que quieren decir, más si en su momento hubo algo que los impactó lo suficiente como para no saber qué responder. Si en este momento todo termina, si de pronto dejamos de hablar y esta es la última vez que escribo para ti... quiero que sepas que fue porque sentí que tú lo querías así. No puedo remar, no puedo ir en contra de la adversidad y de la aplastante distancia si yo con todos mis intentos acorto la mitad y tú no deseas acortar lo que falta. Solo quiero que quede dicho que yo sí hubiera dado lo necesario y quizás más. No, no es apresurado, puesto que lo reflexioné mucho. Es un cliché, pero la vida es corta. No me gusta creer que algo no fue por el simple hecho de que no lo intenté. En “El día que Nietzsche lloró”, surge un cuestionamiento muy interesante. ¿Qué harías con tu vida si supieras que solo puedes vivir ciertas cosas una vez y durante la eternidad, esta vida se repitiera una y otra vez sin que puedas modificar una sola escena de ella? No quisiera el día de mañana arrepentirme por ello. Sé que eres una persona muy racional, sé que eres una persona ya “adulta”, sé que tienes tus creencias y valores plasmados, sé que tienes tu esquema creado, pero ¿tanto te perturba sentir algo que quiebra ese esquema? Es un obstáculo horrendo solo poder ver a través de esto, de esta “irrealidad”, no puedo negarlo. Sé que hay cosas que no deseas. Sé que hay cosas que no se adecuan a tu orden de vida. Sé que hay cosas que no caben en tu mente porque simplemente es absurdo o demasiado infantil y odias sentirte así. Dudo que pueda hacerte cambiar de opinión, dudo que a estas alturas pueda hacerte reflexionar lo suficiente, dudo que alguien que está a más de mil kilómetros de distancia pueda siquiera mover algo de tu realidad, pero solo ten presente que yo lo hubiese intentado, porque hay cosas que simplemente nacen y no tienen una explicación racional, aunque suene paradójico viniendo de mí. Si hubiese dependido de mí, quizás hubiera sido todo más real. Era una locura, me hubiese dicho Sabato, “nada de lo que fue vuelve a ser”. Más allá de la razón, me diría Tolstoi, “la razón no me ha dado nada, todo lo que sé me lo ha dado el corazón”. Si hay cosas que arriesgo, es porque es algo que va en mí, es algo que yo sé a lo que me expongo. Hay gente que vive tan cerca y aún así parece estar tan lejos... Ese «tienes tu vida» no me hace sentido cuando me lo dices, puesto que solo puedo responderte «deberías estar en mi vida». No espero respuesta porque te pedí no hablarnos dentro de mi confusión, dentro de mi infantilismo e irracionalidad en ese instante, incluso dentro de aquella tonta ira, pero esto es lo que no pude decirte. Y si consideraste en llegar hasta esta parte de lo que escribí, te doy las gracias por al menos darme una oportunidad y leerlo.
3/5/16
Aislamiento
El frío
nocturno lo despertó. Se había quedado dormido encima de la cama con la ropa
puesta, de tal forma que ni siquiera los zapatos se había sacado. Sentía el
cuerpo pesado, helado, casi muerto. No tenía la menor idea de qué hora era y la
iluminación artificial de la ciudad entraba por su ventana. Se fue acomodando
en la cama hasta lograr sentarse. Recordó los eventos pasados, los eventos del
día. Pensó en la rutina que vivía a diario, en los mismos canales de televisión
que sintonizaba cuando iba a cenar, en las mismas calles que recorría para ir y
volver a su departamento, al mismo hombre de recepción a quien debía saludar
dos veces por día, a las mismas personas con las que debía laborar cada mes por
año consecutivo. Todo eso le hizo sentir un aire de desolación, de absoluta
pérdida de ánimo y motivación. El tiempo es limitado para todos, pensó. El
mundo te lo arrebata de la vida rapidísimo y cuando esta termina, se va el
tiempo junto con ella. Pasa su vida intentando verle el lado optimista a todo,
cuando está aburrido de hacerlo. Siente el cansancio en los músculos. No quiere
ir a trabajar, no quiere ver a nadie, no quiere hacer absolutamente nada. Pero,
cuando no hace nada, también el tiempo se le escurre de las manos. Mira hacia
la ventana, observa la ciudad, iluminada, tan bella y forzada al mismo tiempo.
Es falsa, fingida, ilusoria, netamente fabricada. Tanto que el solo ver su
aparente belleza le duele. Es como él. Se mira al espejo y siente el vacío
existencial. Es un ser obligado a ser feliz, pero su felicidad es como la
ciudad. Su vida es como la ciudad. Él es completamente como la ciudad. La
monotonía lo cansa y la gente le resulta patética. Cuando toma su móvil, mira
la hora y es exacta. Toda una vida organizada. Ve el reflejo de sus ojos en la
pantalla del dispositivo y nota el fantasma de unas ojeras, los ojos cansados,
que trasmiten dolor muy levemente, pero que con fijación se nota el estado
crítico de su vida emocional. Y es difícil para el resto entenderlo cuando
aparentemente se muestra tan normal.
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