16/10/16

Muerte y vida

Después de unos meses de continua e inalcanzable reflexión, en los cuales permanecí de alguna forma u otra sin un contacto real con las personas que habitualmente frecuentaba y apartada totalmente de la sociabilidad, he vuelto a tomar las riendas de mi realidad.

No he escrito nada nuevo. No me he inspirado. No he pensado en seguir trabajando en antiguos proyectos. Hoy, figuro viviendo la vida real de una forma que me asusta. No estoy pensando en la vida virtual que tuve hace unos meses, sino que me preocupa mucho más mi entorno real, mi vida diaria y la gente con la que estoy. Dejo de lado —no sabría decir si atrás— aquella imagen mía de la escritora aficionada que se encierra en su día a día limitado, creando experiencias más que viviéndolas.

Me costó reconocer en un principio que estaba volviendo a sentir, volviendo a creer, volviendo a llenarme de nuevas viviencias. Me había cerrado ante la idea de que no podía permanecer mucho tiempo con las personas, que eventualmente me aburriría y allí quedarían los recuerdos, marchitándose. No sé cuánto tiempo te demoras en darte cuenta de que vas evolucionando y vas notando que a medida que pasa el tiempo, te vuelves una persona capaz de relacionarse de forma genuina, independiente y por sobre todo más madura. Reconoces que el exigir, obligar e incluso molestarse por las decisiones o acciones individuales del otro te convierte en una persona tóxica, que no es algo que te gustaría que te hicieran a ti. Vives y de pronto dejas vivir, y tus concepciones como el de la amistad se van ampliando, se van enclareciendo y comprendes que ser amigo de alguien es aceptarlo y quererlo, nada más. 

A veces es difícil comprender cómo fue que viviste tanto tiempo temiendo, cuestionándote y peor aún, rechazando el cariño de quienes te consideraban de verdad. Creo que notar esas cosas, en un momento crucial de tu juventud, es parte de crecer. Es una especie de descubrimiento asombroso poder sentir cuando eres el interés de alguien y no que tienes algo que le interesa a ese alguien. Es un sentimiento bellísimo poder reconocer que cuando te quitan algo, te devuelven algo mejor. Desearía quedarme en este punto de mi vida para siempre. Si bien todo cambia, tengo la pequeña esperanza de que puedo ir manteniendo con el tiempo ésta estabilidad que se ha mantenido presente y latente desde que entré a clases. Siento que fue como una especie de reset, un tiempo que necesitaba tomarme para pensar, reflexionar y respirar. 

Es cierto también que las mejores cosas llegan en el momento menos esperado. Es algo fuerte darte cuenta de que hace más de un año, compartir parte de ti con alguien de nuevo parecía una idea utópica. Es difìcil volver a abrirse a alguien, volver a contarle tus secretos, mostrarle parte de tu vida, sentirte vulnerable y por sobretodo, darle una parte de ti sin sentir miedo. Construir de por sí cuesta trabajo. Algo tan íntimo como reconocer a alguien como tu compañero, cuesta mucho más. Entonces, pienso un momento y solo recuerdo lo extraño que a veces resulta volver a sentir algo que creías perdido en ti. Algo que parecía de alguna forma muerto en tu interior. Besar a alguien con nervios, tomar su mano, sacarte fotos, disfrutar mirarle, no se sentía tan extraño. Lo mundano nunca se siente tan extraño. Ni siquiera escuchar un te quiero, un te extraño, un mi amor o bebé tampoco podía ser tan extraño. Lo extraño era —o fue— volver a sentir esa necesidad de estar con esa persona toda una tarde y sentir que no era suficiente, que necesitabas más tiempo.

Siento, entonces, algo distinto. Algo sano, maduro y real. Una comodidad que creí extinta en mí y que ahora se hacía presente. Cada día conozco un poco más a ese alguien que me sostiene, aún sin saberlo, aún sin que yo lo sepa. Se siente como estar cambiando de piel, como si el sol volviese a calentar. De alguna forma u otra tener de nuevo esa seguridad en mí, me hace nueva y más feliz. 

Ojalá no acabase nunca.