A veces la inocencia e inexperiencia puede resultar ser una de las cosas más nuevas y gratas que alguien puede vivir y que, graciosamente, solo se puede vivir una vez. Siempre y cuando se puedan apreciar los pequeños detalles de situaciones naturales, pero que en ese momento se vuelven únicas e irrepetibles.
Dentro del montón de circunstancias que se nos han presentado en la vida, están los modos de actuar ante aquellas circunstancias y que al final se traducirán en las decisiones que podemos tomar, que generan un efecto a veces positivo y en otras simplemente negativo. Uno puede llevarse la vida entera buscando tomar decisiones correctas, y hay un punto en que no queda nada más que ceder ante aquella posibilidad de que las cosas vayan a salir bien. Decidir y entregar resulta una tarea difícil, al menos para mí, sobre todo cuando vives constantemente trabajando un autoestima que en su momento se rompió, a causa de mí misma o por un tercero.
No sé cómo fue que de pronto se abrieron un montón de posibilidades a intentar algo nuevo, a confiar un poco más y a entregar una parte de mí que consideraba que nadie merecía. O al menos, nadie debía merecerlo tanto. Cuando estás ahí, siendo tú naturalmente y mostrándote como eres, más allá de tu cuerpo mismo; experimentas algo mucho más profundo que los sentimientos habituales en la vida de una persona. Es como si de pronto todo a tu alrededor desapareciera, y solo eres tú con esa persona y el mundo no fuera más que un detalle olvidado.
Creo que uno de los mayores objetivos de una persona es poder sentirse pleno un instante, pudiendo confiar una vez más en sí misma y dando el paso a que algo pueda resultar verdaderamente bien. El pasado nos enseña a no repetir los errores en el futuro, y lo que no fue un error, nos enseña que hay cosas que pueden repetirse y tener un significado distinto que antes no pudimos ver, que incluso pueden haber primeras veces en un sinfín de viejas experiencias.
