24/11/16

Eterno

Me  gusta oírte, pienso. Me gusta oír la melodía de tu voz como también me gusta imaginarme la idea de ti cuando no estás conmigo porque tu irrealidad a ratos me emociona. No puede ser abrumante. No tiene por qué. ¿Qué sentido tendría que me abrumaras si me gusta hasta lo que no sé de ti? Mejor decirlo en tiempo pasado. Aunque no tiene sentido, si sigue siendo presente. Extraño lo que no vivimos, porque te recuerdo ahí, en lo que no eras. Tan lejano y al mismo tiempo tan íntimamente cercano, acariciando los bordes de aquello que nadie pudo tocar. Puedo sentir tu risa ir en sintonía con los latidos frenéticos de mi corazón. Puedo recordar tus ojos oscuros y taciturnos mirar casi perdidos en la laguna de los míos. Al escribirte esto puedo casi disculparme, con connotaciones anatómicas si te parece mejor, si te hace sentir más cómodo. Quizá pueda describirte entre línea y línea cómo disculparme sin emitir sonido alguno, sin llamarte por tu nombre y dándome a entender entre interpretaciones. Fueron tantas las veces que me dejaste leer tu cuerpo en braille que le hace desesperada falta a mis manos comunicarse con cada parte, con cada borde y con cada extremo de tu piel. Todas mis palabras eran ideas que intentaban imaginar el universo de nuestra vida juntos, en un tú y yo a solas, donde el tiempo detenía y te sabía puro, infantil y honesto. Todas mis palabras eran ideas, te lo vuelvo a decir, pero quería tanto, tanto hacerlas vivir. Y tu ausencia de pronto me atrofia. Muy poco pensarte bien y tanto pensarte mal. Nos ahogo a ambos en cuestionamientos eternos que se me va agotando la vida y aún en el tiempo muerto sigue tu alma ahí absorbiendo mi mente junto a mi cuerpo. ¿Qué tan irracional se vuelve esta necesidad tuya de ti? El tiempo transcurre con la rapidez en que el agua y el aceite se mezclan, o más bien se pierden en el tiempo intentando mezclarse. Me fundo en la oscuridad de la noche. Me traga, me absorbe y me hace parte de ella a su merced. Me abruma y al mismo tiempo me reconforta. Todo mi —¿o nuestro?— mundo está de pronto tornándose como el cristal en una noche que parece eterna. El movimiento troza cada parte de él y no hay camino alguno que me diga dónde ir. Haz que se detenga, pienso. Haz que se detenga y no me congele a mí, ni a ti, ni a nosotros. Aquel frío interminable ni siquiera me permite sentir el dolor de las extremidades. Los colores se pierden, todo está brutalmente opacándose y congelándose a tal extremo que me asusta. Sentirle lejos no es solo sentirle frío, es también en una parte de mi malévola mente sentirlo egoísta, despreocupado y deshonesto. Todo lo que veía estando con él y que ahora no lo veo. Todo lo que guardaba la parte celosa, inocente, egoísta e infantil en mi imperfecto corazón humano. La imagen de él se asoma en mi cabeza de forma repetida como una música tonta. Está respirando en susurro y lo veo dormir. Sus labios se pliegan de tal forma que pareciera que quisiera besar, que estuviese buscando algo con su boca. Aquella entrega inocente en mis brazos me recuerda de súbito que estoy fría, en un costado de la cama, intentando entender qué es realidad y qué es sueño, porque de pronto el tiempo se ha consumido pensando una y otra vez en lo mismo, tal cual círculo vicioso eterno.