30/3/16

Fiebre


La fiebre baja, le decía la esposa. La fiebre baja y tú estarás mejor mañana por la mañana. Le rebotaba en la cabeza caliente que la fiebre estaba bajando. Se imaginaba el cansancio y el abrumador peso cotidiano, entonces la fiebre baja, la fiebre bajaba. La mujer le colocaba paños fríos que instantáneamente parecían secar con el calor de su frente. Creía que dormía, pero no, estaba despierto. Las frazadas del lecho no lo abrigaban, tenía frío pero ardía. Frío hace, vieja. Frío tengo, le decía. La fiebre baja, escuchaba a la lejanía, como con una especie de eco. La fiebre baja, repetía. Cerraba los ojos y le parecía relajarse. Estaba en calma. A ratos sobresaltado despertaba creyendo que temblaba, que el lecho se movía, que casi se caía. Venía y se iba la vieja con tarros de agua fría. No entendía bien la situación, puesto que a ratos la llamaba. Delirios, decía. Delirios de la fiebre que aún no baja. Dentro del lecho, tiritando de frío en un mar de lava, Morfeo llama y en sueño ha caído.

 Al otro día se levanta, la vieja en cama, él está vivo y la fiebre de ella no baja.

27/3/16

Latidos


Hay latidos que tienen destinatario fijo pero el remitente no lo suele reconocer porque —inconscientemente— no sabe que sus latidos le pertenecen a alguien. Al menos en primera instancia no quiere reconocerlo, porque dentro de la comodidad que le entrega la negación, siente que admitirlo sería una cuestión de pura debilidad e infantilismo. Y claro, ¿qué persona querría caer en eso? Los más honestos y valientes, pienso. Los que no tienen miedo de que los tachen de idiotas por reconocer que les tiembla hasta el alma cuando se trata de esa persona. Los que les da gusto dar el discurso desnudo y sincero que implica decirle, aunque sea entre puro palabrerío, que aquel latido que lo ahoga y le suena en los oídos tiene un fundamento íntimo. Y que se lo dedica, sin quererlo, sin siquiera esperarlo, sin previo aviso, casi de repente y con un medio infarto, a ese destinatario. Un latido lleno de ingenuidad, de inocencia, de explícita estupidez que no se entiende, que no se explica, que golpea y asfixia. Ese latido brutal que grita “¡tú!” y que llega encolerizado hasta la garganta, provocando mariposas espantadas en medio del estómago. Esa calidad de latido emocionado y medio torpe por la adrenalina que obliga al remitente a expresarlo, a vociferarlo, a manifestarlo de cada forma que esté a su alcance, porque no hay mayor alivio que decirlo. Se acumula, se empieza a juntar entre el pecho y la boca. No se evita, pienso. No se puede evitar. Y entonces, ¿cuánto dura? ¿Se va gastando? ¿Es como el efecto de una droga? ¿Es así de temporal? ¿Cuándo empieza a ser sincero o cuándo consideramos que nunca lo fue? Me gustas, dice. Y ante la confesión, le besa la frente, luego las mejillas, la comisura de los labios, los labios mismos, el mentón e incluso la punta de la nariz. Y el latido ya no es tan torpe. Está acariciándole y ambos abordan la eternidad, esa relatividad compartida y verdadera. El tiempo no se agota, se aprovecha, pero aún así se va tan fácil, tan rápido. ¿No parecía eterno? Le muerde, con un deje triste y al mismo tiempo apacible. No quiero que termine, le susurra. ¿Por qué no hacerlo interminable? ¿Por qué detenernos? El latido propio de pronto va en perfecta sincronía con el latido que es ajeno. Hay algo placentero en ese trabajo compartido y vital, pero no es ese el climax final, pues la dicha máxima llega cuando el remitente se da cuenta que ha comenzado a ser un destinatario igual. 

El espejo y el reflejo


Soy de esas personas que no siempre se dan el tiempo de disfrutar las duchas. A veces estoy tan ensimismada en la idea de que voy a llegar tarde a un compromiso o a una clase, que el baño resulta extremadamente preciso y con sus tiempos calculados. La rutina no parece tediosa porque la mente está demasiado ocupada pensando en otras banalidades o preguntándose qué pasará en el día de hoy, que si será un buen o un mal día, que si la clase estará dinámica o aburrida, que si la persona con la que quedó de juntarse andará de humor o con los monos, entre tantas cosas más. El proceso de baño es casi mecánico. Masajear tu cabello, lavar tu rostro, tus brazos, tu torso, tus piernas, francamente todo tu cuerpo. Luego salir de la ducha mirando la hora, prácticamente corriendo y a veces buscando la crema porque en el peor de los momentos se te pierde, para finalmente empezar a vestirte porque dentro de las buenas costumbres eso se requiere. El proceso de aquel emperifollado tan común y corriente para mostrar nuestra apariencia resulta ser algo automático, a veces sin esfuerzo, sin cuestionamientos entremedio. Y yo soy precisamente de esas personas que a veces olvida que tiene un reflejo más allá de lo que ve en el espejo.

22/3/16

La universidad es solo una esfera, no tu vida entera


Recuerdo que antes de entrar a la universidad y hallarme en la situación en la que estoy hoy —matriculándome y tomando ramos de segundo año—, como toda estudiante viví una situación compleja en tercero y cuarto medio. Una situación que en algún momento después de tenerla tanto tiempo presente, llegó a ahogarme y hacerme sentir miedo. Era habitual que esa incertidumbre de no saber qué vas a hacer, o qué va a pasar contigo después de egresar de cuarto, a veces resultara ser mayor que la confianza que podías tenerte a ti mismo. Mucho más si consideramos que en el último año de enseñanza media, lo que más encima tienes y lo que más te preocupa es sacar un buen puntaje para poder optar a la carrera que tanto deseaste, o como en otros casos —que no son pocos— sacar un puntaje simplemente para poder entrar a la universidad y, en lo posible, optar a alguna beca que al menos te ayude a soportar el peso económico que te trae el elegir una carrera universitaria.

Lamentablemente no todos terminan estudiando lo que soñaron alguna vez. Como pasó conmigo. 

20/3/16

Preámbulos y tubérculos


Yo creo que si existe un sinónimo para torpeza es precisamente la palabra comienzo. Todos los comienzos tienen algo que los hace particularmente humillantes. Si no es humillante, entonces lo reemplazaremos por terrible. Y como terrible es un término bastante ambiguo, dejaré que quede a la interpretación de cada cual.

La primera entrada para inaugurar un blog es siempre dolorosa y la más terrible de todas. Yo en lo personal odio comenzar con presentaciones bobaliconas y rebuscadas donde se parte hablando de uno mismo y de quién es, qué hace e irrelevancias. Por lo general, este paso nunca se considera contenido atractivo y resulta particularmente aburrido para el lector tener que leer el sinfín de metas que se propone un individuo con su blog, donde muchas veces ni siquiera cumple a lo largo de su trayectoria con el mismo y olvida los parámetros que fijó en un principio. Seamos sinceros, nadie sigue al pie de la letra lo que propone en un inicio. Precisamente esa es una de las razones por las cuales los inicios son tan malos.

Nunca me han gustado las limitaciones, el tener que regirme por estilos o amarrarme a favoritismos cuando hay tanto que degustar. No obstante, resulta terriblemente difícil buscar la forma de inaugurar algo tan libremente. Así que recurriremos a una inauguración desnuda y honesta, para que nadie se haga falsas expectativas al respecto. 

Me interesa compartir la vida del tubérculo. 

La vida del tubérculo. Una frase curiosa, algo divertida y con un deje algo penoso, ¿verdad? Sin embargo, yo solo rescataría lo de curioso porque la visión que se pueda tener de esto puede cambiar con mi aclaración. Entonces, comencemos —desastrosamente— cuestionándonos: ¿qué es un tubérculo? Tal vez lo primero que se venga a la mente sea una papa, una raíz, algo para nada inspirativo, algo que no es nada realmente interesante. Procedamos. Atribuyámosle ahora un sentido más metafórico, enfocándonos en el objeto que sería la papa como tal. Ese tallo poco agraciado que crece bajo el suelo, muchas veces en la soledad que le ofrece el reservo de la tierra que, a medida que va creciendo, de él van surgiendo raíces. Estas raíces con el tiempo y la paciencia necesaria se van nutriendo y finalmente alargando. No profundizaremos más allá del alargo de las raíces porque no queremos llegar a la muerte del tubérculo.

Ahora, la analogía la realizaremos con la vida de una persona común y corriente.
Su soledad, su inspiración, sus motivaciones independientes, su autonomía, su propio resguardo lejos del mundo (la vida en la tierra), el conocimiento que va absorbiendo cada día de su vida que lo hace crecer y al mismo tiempo llenarse de sabiduría (las raíces), nos hace fijarnos que la vida del tubérculo probablemente no está tan lejos de la vida misma que tenemos como personas individuales, ¿no es así?

En base a esto, podría decir que mi visión de la vida hace alusión al desarrollo de un simple tubérculo. Y no puedo negarlo, debo compartirlo. Me gustan los tubérculos y, los encuentro terriblemente inspirativos y refinados, a pesar de su apariencia desgraciada. Si Julio Cortázar, siendo el cronopio padre, podía atribuirse características tan estrafalarias en relación a su percepción de la sociedad y a él mismo, ¿por qué no podía generar yo una visión de mi vida sobre algo tan groseramente banal y al mismo tiempo tan elegante?

Y mediante a esta terrible inauguración, deseo la bienvenida a un blog común y corriente, sin aspiraciones, motivaciones o metas fijadas. El lector debería considerarlo una invitación a adentrarse un poco más en la vida solitaria, mundana, perdida pero profunda, elegante y progresiva del tubérculo. 

Una vida no tan lejos de la misma.