Soy de esas personas que no siempre se dan el tiempo de disfrutar las duchas. A veces estoy tan ensimismada en la idea de que voy a llegar tarde a un compromiso o a una clase, que el baño resulta extremadamente preciso y con sus tiempos calculados. La rutina no parece tediosa porque la mente está demasiado ocupada pensando en otras banalidades o preguntándose qué pasará en el día de hoy, que si será un buen o un mal día, que si la clase estará dinámica o aburrida, que si la persona con la que quedó de juntarse andará de humor o con los monos, entre tantas cosas más. El proceso de baño es casi mecánico. Masajear tu cabello, lavar tu rostro, tus brazos, tu torso, tus piernas, francamente todo tu cuerpo. Luego salir de la ducha mirando la hora, prácticamente corriendo y a veces buscando la crema porque en el peor de los momentos se te pierde, para finalmente empezar a vestirte porque dentro de las buenas costumbres eso se requiere. El proceso de aquel emperifollado tan común y corriente para mostrar nuestra apariencia resulta ser algo automático, a veces sin esfuerzo, sin cuestionamientos entremedio. Y yo soy precisamente de esas personas que a veces olvida que tiene un reflejo más allá de lo que ve en el espejo.
¿Cuánto tiempo tardamos en dedicarnos un segundo a nosotros mismos? ¿Cuánto nos cuesta darnos un valor real cuando nos miramos al espejo, sin esperar que la impresión del otro, del ajeno, me intente convencer de que valgo algo? ¿Cuántas veces nos hemos dicho que hoy lucimos mal sin percatarnos de que todos los días nos vemos igual, incluso cuando nos vemos bien? Mirarse al espejo no siempre es una cuestión de pretensión o vanidad. Mirarte al espejo solo, viendo tu reflejo y no tu imagen, en tu calidad de ser humano y no de hombre o mujer, es casi un ritual. Es apreciarte más allá de si te sientes buen mozo o buena moza. Es tener la capacidad de decirte a ti mismo que eres tú, en tu calidad de persona y siendo tú, existes y vives. Quizá escuchando tu nombre en algún sitio de tu mente, moviendo tus labios, parpadeando, mirando tu cuerpo y viendo que ese lunar en tu rostro que invisibilizaste porque no te importaba, porque era feo y que solo notabas cuando alguien te decía que era bonito o poco común, es en realidad una parte de ti que te hace un ser único. ¿Cuántas veces rechazaste una cicatriz, un lunar, una marca de nacimiento porque sentías que te arruinaba? ¿Y arruinarte qué? ¿Qué es precisamente lo que arruina? ¿La armonía de tus extremidades? ¿El tú que ve la gente? Somos seres tan tercos, que creemos que teniendo una apariencia socialmente perfecta, estaremos en sincronía y tranquilidad con nuestra alma. No hay peor autoestima que aquel que se alimenta de la opinión ajena y siempre está a la deriva, dependiendo de si hoy te encuentran más lindo que ayer. Nuestro reflejo debe ser construido a nuestra manera. Es el proceso lento de la aceptación. Un reflejo acompañado de sentimientos, emociones y creencias. Un reflejo tuyo, sincero.
Nos cuesta darnos tiempo para apreciarnos y cuán difícil resulta querernos. Cuántas veces ignoramos nuestra real apariencia para darle preferencia a la apariencia superficial, para anteponer la imagen antes que el reflejo. Pasamos la mayor parte del tiempo quejándonos que alegrándonos por cómo somos. Tal vez un día saliendo de la ducha, sin tener una lucha contra el tiempo, puedas mirarte al espejo y ver tu reflejo iluminado, en tu forma más humana y honesta de ser, más allá de tener un cuerpo de hombre o un cuerpo de mujer. Mirar tu cicatriz, tu lunar, tu marca, la forma particular de tus labios, el color de tus ojos y el vapor que brota de tu cuerpo, para decir que eres único por ello. Simplemente partir por analizar ese templo de carne y hueso que guarda algo más allá en ese reflejo principal y aceptarlo para poder confiar en lo que se oculta dentro de él. Porque se trata principalmente de nosotros mismos y no del resto. Porque se trata primero de quererte y luego, de quererlos.
Y no te preocupes: muchos estamos disipando recién el vapor del espejo.
