22/3/16

La universidad es solo una esfera, no tu vida entera


Recuerdo que antes de entrar a la universidad y hallarme en la situación en la que estoy hoy —matriculándome y tomando ramos de segundo año—, como toda estudiante viví una situación compleja en tercero y cuarto medio. Una situación que en algún momento después de tenerla tanto tiempo presente, llegó a ahogarme y hacerme sentir miedo. Era habitual que esa incertidumbre de no saber qué vas a hacer, o qué va a pasar contigo después de egresar de cuarto, a veces resultara ser mayor que la confianza que podías tenerte a ti mismo. Mucho más si consideramos que en el último año de enseñanza media, lo que más encima tienes y lo que más te preocupa es sacar un buen puntaje para poder optar a la carrera que tanto deseaste, o como en otros casos —que no son pocos— sacar un puntaje simplemente para poder entrar a la universidad y, en lo posible, optar a alguna beca que al menos te ayude a soportar el peso económico que te trae el elegir una carrera universitaria.

Lamentablemente no todos terminan estudiando lo que soñaron alguna vez. Como pasó conmigo. 

Apenas entré a tercero medio, yo sabía que lo que quería estudiar era Literatura, que lo mío tenía que ver exclusivamente con las letras y con la comunicación. Nunca tuve otra opción. Y si la tuve, debo admitir que nunca en la vida se me pasó por la mente estudiar una carrera en especial, que era Derecho. Y sí, resulta que nunca quise estudiar Derecho porque no me llamaba la atención y sentía cierto rechazo hacia la carrera porque siempre consideré que estaba estrechamente ligado con la política y nunca deseé verme involucrada en un escenario tan denso, aburrido y terriblemente complejo como solía ver siempre en la tele. En mi calidad de adolescente, aún estando en tercero, me molestaba la idea de pasar mi vida metida en una oficina, encerrada y oprimiendo esa pequeña luz artista en mi interior. Yo sabía que no era para mí y en ningún caso iba a estudiar Derecho. Nunca quise darle la oportunidad y quizá por tacaña me salió el tiro por la culata. 

Resulta que mi familia no me dio el apoyo para estudiar Literatura, porque el primer prejuicio que surgió fue que si estudiaba Literatura, iba a morirme de hambre y que no me daría para vivir. De hecho, fueron muchos los que me dijeron que estudiar eso iba a ser una pérdida de tiempo. Mi familia en general y los amigos de mis papás siempre se quedaban callados cuando yo respondía que quería ser algún día profesora, que podía llegar a especializarme en alguna pedagogía en Castellano o Lenguaje. Al principio me afectó y estuvo mucho tiempo haciéndolo. Finalmente, me acostumbré y cada vez que decía lo que quería estudiar, terminaba completando las frases de cada persona que intentaba decirme algo al respecto. Me preguntaron muchas veces si no quería dejarlo como un pasatiempo. Me preguntaron si sabía que no iba a ganar mucho. Me dijeron tajantemente que iba a tener que irme a otro lado sí o sí. Yo lo sabía. Sabía que en el hipotético caso de que terminase estudiando lo que quería, en algún momento tendría que largarme. Y sí, cuando uno es muy joven o no tiene mucha perspectiva de la situación, cree que todo lo que planea o piensa, eventualmente será real. No sé si el tiempo me ha hecho madurar, tal vez me volví más realista o simplemente aprendí a ser más sensata, pero me di cuenta de que lo que yo quería no iba a poder darse tan fácilmente, y a veces hay cosas que uno debe aceptar. No por conformismo, porque dentro de ese proceso alguien me llamó así. Hubiese sido conformista si me hubiese quedado de brazos cruzados sin hacer nada y darme el tiempo de hacer un berrinche innecesario por no haber podido recibir el apoyo de mi familia para estudiar, para poder irme a otra ciudad. 

(Si estás leyendo esto y te preguntas de dónde soy, debes saber que soy una joven de Copiapó. Sí, justamente de esa pequeña ciudad de la cual no muchos tienen idea de que existe).

Cuando mi familia me negó el apoyo para poder irme y estudiar Literatura, sentí una frustración enorme. No solo por el hecho de que estuve más de un año intentando convencerlos de que Literatura era lo que deseaba, sino por el hecho de que ellos ya tenían en mente qué imponerme estudiar. No, la verdad es que no intento dejar aquí a mis padres como seres malvados, en el fondo tuve que entenderlo. Me costó mucho rendirme, fue un verano duro y sobretodo lleno de situaciones que solo empeoraban el hecho de que tuviese que aceptar estudiar Derecho. Sentí mucha pena, mucho miedo, mucha inseguridad, y la única persona que hasta entonces consideraba un sustento en mi vida, se fue. Sí, existen malos días, a veces tienden a darse muchos seguidos de otros y pasan semanas, las cosas no mejoran, pero tienes una pequeña esperanza de que eventualmente lo hagan. Estuve reflexionando, en el proceso llorando mucho por todo lo que me pasaba, aprendiendo a malas y cavando un hoyo eterno yo misma, sin mirar siquiera si en algún momento iba a ser capaz de poder salir. Cuando toqué fondo y después de mucho pensar, convencerme, darme una oportunidad y mentalizarme con que Literatura ya no iba a ser una opción al alcance, entré —de mala gana— a Derecho. 

Cuento esto porque sé que no soy la única persona que no ha podido estudiar lo que quería y que por motivos como imposición, mal puntaje en la prueba de selección universitaria, situación económica o cualquiera sea el motivo, ha tenido que dedicarse a otra ocupación. Y digo ocupación porque no todos entran a estudiar, sino que algunos se limitan a buscarse un trabajo que les permita salir adelante por su cuenta, para darse ellos mismos otra oportunidad y no depender tanto de sus familias. 

Cuando entré a la universidad, lo primero que se me pasó por la mente es que no sería capaz de pasar ninguno de los ramos, porque nunca me interioricé siquiera en lo que era el Derecho. Yo lo repudiaba y no voy a negar que el primer día de clases, cuando me senté a escuchar parte del programa de uno de los profesores, sentí una angustia que nunca en mi vida había sentido tan fuertemente. Una presión dolorosa en la mente y en el pecho. No era mi carrera. No era lo que yo soñé. No era lo que esperaba y resultaba doloroso. La primera semana me sentía capaz de encerrarme y estar días enteros sola, dejando que mi mente se fundiera como si el ácido la carcomiera. La gente que estaba ahí me generaba una presión horrenda. Me molestaba mucho la presencia de todos y lo único que deseaba era que cada clase terminara lo más rápido posible. Me costó demasiado acercarme de verdad a cada uno de mis compañeros. Adaptarme a un ambiente al cual ni siquiera me sentía a gusto fue uno de los mayores desafíos. Fue un paso difícil de dar. Me tomé todo el tiempo que necesitaba.

Y lo logré. 

Ya iba llegando fin de año cuando me di cuenta de que las cosas habían estado mejorando gradualmente y que ya no me sentía tan incapaz. Conocí el dolor y el cansancio de tener que estar estudiando mucho un contenido que ni siquiera te resulta llamativo leer y el estar hasta muy tarde repasando, casi hasta el amanecer. Enfrentar el pánico que me causaba dar una prueba oral y el miedo a no pasar alguno de los ramos. Y sin saber cómo fue, cómo el tiempo pasó tan rápido y cómo logré pasar sin obstáculos, ya estaba en segundo año. Me llenó de alivio cuando supe los resultados después de un año complicado.

No importa cuántas veces algunos se limiten a decir que estudiar una carrera que no te gusta es arruinar tu vida. No importa cuántos te digan que es algo que harás mal el día que salgas porque no tendrás la motivación para ejercer. No importa si vienen y te dicen que te vas a echar todos los ramos. Lo que importa aquí es la capacidad que tienes tú de darte confianza en el peor momento. Es normal creer que las cosas saldrán mal, que no te la vas a poder y que no es una carrera para ti. Son pensamientos comunes cuando te sientes perdido y te cierras a la idea de que era lo único para ti. Nadie tiene la potestad para decirte que vas a ser un mal profesional porque la carrera no te gustaba en un principio, o para decirte que nunca te va a gustar la carrera porque no era lo que querías. Somos seres de cambio y al mismo tiempo de costumbre. Muchas veces no se trata de que te guste la carrera, se trata de que tú te mentalices en que vas a hacerlo bien, en que te comprometas contigo mismo a estudiar y aprender. Si hay algo muy cierto, es que en la universidad todos entran sabiendo nada. Esa es tu ventaja, o esa ha sido tu ventaja. La idea es nunca cerrarse a las posibilidades de salir adelante. Las opiniones del resto siempre van a tener un toque mordaz y en ocasiones apático, porque siempre resulta fácil hablar desde un lugar cómodo.

Tu carrera no hace tu vida, no la define y tampoco la limita. Es algo que depende exclusivamente de ti y cómo lo tomes. Puedes pasarte cada día lamentándote, pero no cambiará lo que tengas que hacer en el momento. Nadie tiene la facultad para decirle al otro lo que está bien, si no evaluamos cada uno de los puntos a considerar. Hay personas que tienen la necesidad de tomar cierto tipo de decisiones, no precisamente porque quieran: sino porque deben. Hay circunstancias que las obligan y nadie puede creerse dueño de lo que ellas elijan. La universidad es solo una esfera, no tu vida entera. Si algunos han decidido hacer de su pasión, su vida; están en su derecho. No seamos egoístas, que algunos la hayan tenido fácil no quiere decir que todos la han tenido fácil también. A veces ignoramos lo que ocurre más allá de nuestro metro cuadrado. Tal vez deberíamos mirar más allá, ¿no crees?

Al final, siempre podemos salir adelante, ya sea en una carrera que deseábamos como la que no deseábamos. Podemos dedicarnos a hacer actividades diferentes y de esa forma potenciar otros aspectos en los que nos sentimos más seguros. Si te preguntas por mí, aún no le agarro real aprecio a mi carrera, pero puedo decir que ya estoy más cómoda y estoy sabiéndolo llevar.

A veces solo necesitamos reflexionar un poco más, no cerrarnos a una sola idea. 
A veces solo se requiere mirar desde muchas perspectivas.
Como en la norma.