Hay latidos que tienen destinatario fijo pero el remitente no lo suele reconocer porque —inconscientemente— no sabe que sus latidos le pertenecen a alguien. Al menos en primera instancia no quiere reconocerlo, porque dentro de la comodidad que le entrega la negación, siente que admitirlo sería una cuestión de pura debilidad e infantilismo. Y claro, ¿qué persona querría caer en eso? Los más honestos y valientes, pienso. Los que no tienen miedo de que los tachen de idiotas por reconocer que les tiembla hasta el alma cuando se trata de esa persona. Los que les da gusto dar el discurso desnudo y sincero que implica decirle, aunque sea entre puro palabrerío, que aquel latido que lo ahoga y le suena en los oídos tiene un fundamento íntimo. Y que se lo dedica, sin quererlo, sin siquiera esperarlo, sin previo aviso, casi de repente y con un medio infarto, a ese destinatario. Un latido lleno de ingenuidad, de inocencia, de explícita estupidez que no se entiende, que no se explica, que golpea y asfixia. Ese latido brutal que grita “¡tú!” y que llega encolerizado hasta la garganta, provocando mariposas espantadas en medio del estómago. Esa calidad de latido emocionado y medio torpe por la adrenalina que obliga al remitente a expresarlo, a vociferarlo, a manifestarlo de cada forma que esté a su alcance, porque no hay mayor alivio que decirlo. Se acumula, se empieza a juntar entre el pecho y la boca. No se evita, pienso. No se puede evitar. Y entonces, ¿cuánto dura? ¿Se va gastando? ¿Es como el efecto de una droga? ¿Es así de temporal? ¿Cuándo empieza a ser sincero o cuándo consideramos que nunca lo fue? Me gustas, dice. Y ante la confesión, le besa la frente, luego las mejillas, la comisura de los labios, los labios mismos, el mentón e incluso la punta de la nariz. Y el latido ya no es tan torpe. Está acariciándole y ambos abordan la eternidad, esa relatividad compartida y verdadera. El tiempo no se agota, se aprovecha, pero aún así se va tan fácil, tan rápido. ¿No parecía eterno? Le muerde, con un deje triste y al mismo tiempo apacible. No quiero que termine, le susurra. ¿Por qué no hacerlo interminable? ¿Por qué detenernos? El latido propio de pronto va en perfecta sincronía con el latido que es ajeno. Hay algo placentero en ese trabajo compartido y vital, pero no es ese el climax final, pues la dicha máxima llega cuando el remitente se da cuenta que ha comenzado a ser un destinatario igual.
27/3/16
Latidos
Hay latidos que tienen destinatario fijo pero el remitente no lo suele reconocer porque —inconscientemente— no sabe que sus latidos le pertenecen a alguien. Al menos en primera instancia no quiere reconocerlo, porque dentro de la comodidad que le entrega la negación, siente que admitirlo sería una cuestión de pura debilidad e infantilismo. Y claro, ¿qué persona querría caer en eso? Los más honestos y valientes, pienso. Los que no tienen miedo de que los tachen de idiotas por reconocer que les tiembla hasta el alma cuando se trata de esa persona. Los que les da gusto dar el discurso desnudo y sincero que implica decirle, aunque sea entre puro palabrerío, que aquel latido que lo ahoga y le suena en los oídos tiene un fundamento íntimo. Y que se lo dedica, sin quererlo, sin siquiera esperarlo, sin previo aviso, casi de repente y con un medio infarto, a ese destinatario. Un latido lleno de ingenuidad, de inocencia, de explícita estupidez que no se entiende, que no se explica, que golpea y asfixia. Ese latido brutal que grita “¡tú!” y que llega encolerizado hasta la garganta, provocando mariposas espantadas en medio del estómago. Esa calidad de latido emocionado y medio torpe por la adrenalina que obliga al remitente a expresarlo, a vociferarlo, a manifestarlo de cada forma que esté a su alcance, porque no hay mayor alivio que decirlo. Se acumula, se empieza a juntar entre el pecho y la boca. No se evita, pienso. No se puede evitar. Y entonces, ¿cuánto dura? ¿Se va gastando? ¿Es como el efecto de una droga? ¿Es así de temporal? ¿Cuándo empieza a ser sincero o cuándo consideramos que nunca lo fue? Me gustas, dice. Y ante la confesión, le besa la frente, luego las mejillas, la comisura de los labios, los labios mismos, el mentón e incluso la punta de la nariz. Y el latido ya no es tan torpe. Está acariciándole y ambos abordan la eternidad, esa relatividad compartida y verdadera. El tiempo no se agota, se aprovecha, pero aún así se va tan fácil, tan rápido. ¿No parecía eterno? Le muerde, con un deje triste y al mismo tiempo apacible. No quiero que termine, le susurra. ¿Por qué no hacerlo interminable? ¿Por qué detenernos? El latido propio de pronto va en perfecta sincronía con el latido que es ajeno. Hay algo placentero en ese trabajo compartido y vital, pero no es ese el climax final, pues la dicha máxima llega cuando el remitente se da cuenta que ha comenzado a ser un destinatario igual.
