Yo creo que si existe un sinónimo para torpeza es precisamente la palabra comienzo. Todos los comienzos tienen algo que los hace particularmente humillantes. Si no es humillante, entonces lo reemplazaremos por terrible. Y como terrible es un término bastante ambiguo, dejaré que quede a la interpretación de cada cual.
La primera entrada para inaugurar un blog es siempre dolorosa y la más terrible de todas. Yo en lo personal odio comenzar con presentaciones bobaliconas y rebuscadas donde se parte hablando de uno mismo y de quién es, qué hace e irrelevancias. Por lo general, este paso nunca se considera contenido atractivo y resulta particularmente aburrido para el lector tener que leer el sinfín de metas que se propone un individuo con su blog, donde muchas veces ni siquiera cumple a lo largo de su trayectoria con el mismo y olvida los parámetros que fijó en un principio. Seamos sinceros, nadie sigue al pie de la letra lo que propone en un inicio. Precisamente esa es una de las razones por las cuales los inicios son tan malos.
Nunca me han gustado las limitaciones, el tener que regirme por estilos o amarrarme a favoritismos cuando hay tanto que degustar. No obstante, resulta terriblemente difícil buscar la forma de inaugurar algo tan libremente. Así que recurriremos a una inauguración desnuda y honesta, para que nadie se haga falsas expectativas al respecto.
Me interesa compartir la vida del tubérculo.
La vida del tubérculo. Una frase curiosa, algo divertida y con un deje algo penoso, ¿verdad? Sin embargo, yo solo rescataría lo de curioso porque la visión que se pueda tener de esto puede cambiar con mi aclaración. Entonces, comencemos —desastrosamente— cuestionándonos: ¿qué es un tubérculo? Tal vez lo primero que se venga a la mente sea una papa, una raíz, algo para nada inspirativo, algo que no es nada realmente interesante. Procedamos. Atribuyámosle ahora un sentido más metafórico, enfocándonos en el objeto que sería la papa como tal. Ese tallo poco agraciado que crece bajo el suelo, muchas veces en la soledad que le ofrece el reservo de la tierra que, a medida que va creciendo, de él van surgiendo raíces. Estas raíces con el tiempo y la paciencia necesaria se van nutriendo y finalmente alargando. No profundizaremos más allá del alargo de las raíces porque no queremos llegar a la muerte del tubérculo.
Ahora, la analogía la realizaremos con la vida de una persona común y corriente.
Su soledad, su inspiración, sus motivaciones independientes, su autonomía, su propio resguardo lejos del mundo (la vida en la tierra), el conocimiento que va absorbiendo cada día de su vida que lo hace crecer y al mismo tiempo llenarse de sabiduría (las raíces), nos hace fijarnos que la vida del tubérculo probablemente no está tan lejos de la vida misma que tenemos como personas individuales, ¿no es así?
En base a esto, podría decir que mi visión de la vida hace alusión al desarrollo de un simple tubérculo. Y no puedo negarlo, debo compartirlo. Me gustan los tubérculos y, los encuentro terriblemente inspirativos y refinados, a pesar de su apariencia desgraciada. Si Julio Cortázar, siendo el cronopio padre, podía atribuirse características tan estrafalarias en relación a su percepción de la sociedad y a él mismo, ¿por qué no podía generar yo una visión de mi vida sobre algo tan groseramente banal y al mismo tiempo tan elegante?
Y mediante a esta terrible inauguración, deseo la bienvenida a un blog común y corriente, sin aspiraciones, motivaciones o metas fijadas. El lector debería considerarlo una invitación a adentrarse un poco más en la vida solitaria, mundana, perdida pero profunda, elegante y progresiva del tubérculo.
Una vida no tan lejos de la misma.